4 de mayo de 2016

Sombras

Hacía diez años que no tenía una fantasía tan vívida y, a pesar de su intensidad, apenas si recordaba esa alegría nerviosa de la anticipación perfecta.

Se despertó con más energía de la que podía contener. Necesitaba cambios en su vida. Y empezó a soñar, a construir una idea. El curso de su pensamiento no presentaba tanta fluidez, pero soñaba a diario haciendo cada vez más sólida esa fantasía, convirtiéndola en una alternativa factible. Un proyecto de esa magnitud requiere de cimientos imperturbables en alguien de su carácter y por eso había alimentado su deseo con argumentos, pero también con frustraciones.

Un día, una oportunidad. Su idea empezó a tomar forma. Las formas reales no son perfectas, pero son reales. Y se ajustó a ellas, acomodó sus expectativas porque entendía que se trataba de una decisión diferente a cualquier otra que hubiera tomado antes. Concentró sus esfuerzos en cada detalle; invirtió cada segundo en su objetivo. Hacía cada vez más consistente cómo se materializaría un cambio de vida que nació de su imaginación.

Entonces, cuando estuvo más cerca, se detuvo. ¿Qué me detiene?

Sonrió. Ah, cómo pude olvidarme de ustedes.

Sus miedos. Los de infancia, los de juventud. Los que recuerdan con susurros todas las veces que ha fracasado; los que saben, con toda certeza, que seguirá fracasando. Siempre. Conocen sus errores, sus inseguridades, sus mentiras.

No nos olvide. No olvide esos secretos que sólo puede compartir con nosotros; esos que, en este momento, atan sus pies y sus manos.

28 de marzo de 2015

Desamores

ODA AL AMOR

Una tarde que ya nunca olvidarás
llega a tu casa y se sienta a la mesa.
Poco a poco tendrá un lugar en cada habitación,
en las paredes y los muebles estarán sus huellas,
destenderá tu cama y ahuecará la almohada.
Los libros de la biblioteca, precioso tejido de años,
se acomodarán a su gusto y semejanza,
cambiarán de lugar las fotos antiguas.
Otros ojos mirarán tus costumbres,
tu ir y venir entre paredes y abrazos
y serán distintos los ruidos cotidianos y los olores.
Cualquier tarde que ya nunca olvidarás
el que desbarató tu casa y habitó tus cosas
saldrá por la puerta sin decir adiós.
Deberás comenzar a hacer de nuevo la casa,
reacomodar los muebles, limpiar las paredes,
cambiar las cerraduras, romper los retratos,
barrerlo todo y seguir viviendo.


—Carranza, M. M. (2013). Poesía reunida & 19 poemas en su nombre. Bogotá: Letra a Letra.

21 de abril de 2014

Muerte

Un día hay vida. Por ejemplo, un hombre de excelente salud, ni siquiera viejo, sin ninguna enfermedad previa. Todo es como era, como será siempre. Pasa un día y otro, ocupándose sólo de sus asuntos y soñando con la vida que le queda por delante. Y entonces, de repente, aparece la muerte. El hombre deja escapar un pequeño suspiro, se desploma en un sillón y muere. Sucede de una forma tan repentina que no hay lugar para la reflexión; la mente no tiene tiempo de encontrar una palabra de consuelo. No nos queda otra cosa, la irreductible certeza de nuestra mortalidad. Podemos aceptar con resignación la muerte que sobreviene después de una larga enfermedad, e incluso la accidental podemos achacarla al destino; pero cuando un hombre muere sin causa aparente, cuando un hombre muere simplemente porque es un hombre, nos acerca tanto a la frontera invisible entre la vida y la muerte que no sabemos de qué lado nos encontramos. La vida se convierte en muerte, y es como si la muerte hubiese sido dueña de la vida durante toda su existencia. Muerte sin previo aviso, o sea, la vida que se detiene. Y puede detenerse en cualquier momento.

—Auster, P. (1982). La invención de la soledad (Trad. M. E. Ciochini). Bogotá: Seix Barral.

21 de marzo de 2014

Equilibrio

Cuando hablé con Adriana, estaba sumida en un estado de tristeza como nunca antes la había visto. Con la voz entrecortada me dijo que había llorado toda la noche anterior. Los pocos minutos que logró conciliar el sueño estuvieron saturados de pesadillas —cercanas a la realidad, insistió— donde lloraba sin poderse contener.

No se parecía en nada a la Adriana de tres días atrás, que lucía radiante, orgullosa, segura. La Adriana inmersa en la cotidianidad de una agenda social apretada pero exquisita. Yo la envidiaba. Yo quería que todos mis álter ego fueran Adrianitas que iban por el mundo extasiadas de felicidad y buena vida.

Verla en esa situación me impactó. Comprendí que la felicidad es una delgada línea, un frágil equilibrio que se hace pedazos con el más suave de los movimientos. Y mientras la escuchaba entendí también la magnitud del esfuerzo para mantener ese equilibrio durante mucho tiempo. Porque llega un día en que toda esa energía no es suficiente y necesita renovarse. Una renovación siempre amarga, siempre intensa.

7 de octubre de 2013

Desengaño

La conocí un día cualquiera. Un maldito día cualquiera. Sus actitudes me resultaban molestas y las cosas se tornaron difíciles desde ese primer día, pero, por razones que ya no importan, teníamos que interactuar demasiado. Por ese motivo, intenté restringirme a un trato amable, el mínimamente necesario para que no obstaculizara mi trabajo, sin embargo, me encontraba frente a uno de esos personajes que son ávidos de afecto, que viven de su interacción con otros. Y debo agregar que yo nunca he sido lo suficientemente asertiva como para decirle a alguien que se muera, sin que me mande a comer mierda. Yo sólo asentía y seguía mirando hacia cualquier punto indefinido, tratando de entrar en un trance que me desviara a meditaciones más interesantes conmigo misma.

Con el paso del tiempo y debido a su insistencia, me vi obligada a responder con algo más que monosílabos e interjecciones, por lo que tuve que empezar a escucharla con más atención. Sus historias siempre resultaban poco creíbles y visiblemente sesgadas. Concluía forzándome a darle un consejo, a lo que yo respondía diciéndole cualquier cosa que pareciera tener alguna coherencia semántica.

La situación se fue volviendo rutinaria. Después de conversar sobre asuntos de trabajo, procedía a contarme sus problemas —siempre los mismos: quejas inventadas que más parecían desesperados intentados por demostrarme que su vida era perfecta—; sin embargo, mis no muy elaboradas opiniones sobre sus preocupaciones imaginarias resultaban ignoradas con frecuencia. Sólo le gustaba oírse a sí misma y necesitaba de alguien más para reafirmarse en su propia vida.

De esa manera, mi actitud y mis sentimientos hacia ella fueron cambiando; empecé a sentir que todo cuanto tenía era producto de mis esfuerzos y no de los suyos. Además, estaba invadiendo mis círculos sociales —'apropiándose de' sería una expresión más adecuada—. Su vida era una composición en donde cada pieza era perfecta, pero eso era algo que no le pertenecía: era algo que sólo yo merecía, que sólo yo sabría valorar. Y así, pensar en esa mujer se convirtió en un acto del más puro masoquismo.

Para ser consecuente con mis pensamientos, empecé a alejarme. Le demostraba que sus comentarios me eran indiferentes, que no me interesaba para nada saber de su vida y, por si fuera poco, mis conversaciones incluían palabras sarcásticas, a veces ofensivas. Pero cuanto más trataba de distanciarme, más y más se acercaba a mí; me estaba asfixiando. La veía seis de los siete días de la semana, entre siete y nueve horas a diario. Las circunstancias eran insoportables. Comprendí que más profundo que cualquier sentimiento es el desprecio que se aloja en lo más oscuro de tus vísceras. La detestaba, la odiaba más a cada segundo que la veía.

Un día descubrí la causa del problema: me consideraba su mejor amiga. Su única y mejor amiga. Desde entonces veo todo desde otra perspectiva: siempre me ha necesitado; ambas sabemos que soy su único apoyo. Sé que si un día decido irme, quedará destruida y nadie estará para ayudarla porque esa persona que siempre ha estado a su lado soy yo. Siento lástima de pensar en cómo será ese momento, pero debió preverlo; a mí, por ejemplo, eso nunca me pasaría porque si hay algo de lo que siempre me aseguro es de no actuar como ella: jamás me permitiría rodearme de personas como yo.

14 de septiembre de 2013

Recuerdos

La cronología de la infancia no está hecha de líneas sino de sobresaltos. La memoria es un espejo opaco y vuelto añicos, o, mejor dicho, está hecha de intemporales conchas de recuerdos desperdigadas sobre una playa de olvidos. Sé que pasaron muchas cosas durante aquellos años, pero intentar recordarlas es tan desesperante como intentar recordar un sueño, un sueño que nos ha dejado una sensación, pero ninguna imagen, una historia sin historia, vacía, de la que queda solamente un vago estado de ánimo.

—Abad Faciolince, H. (2006). El olvido que seremos. Bogotá: Planeta.

7 de enero de 2013

Consecuencias

... pero también es cierto, si eso le sirve de consuelo, que si antes de cada acción pudiésemos prever todas sus consecuencias, nos pusiésemos a pensar en ellas seriamente, primero en las consecuencias inmediatas, después, las probables, más tarde las posibles, luego la imaginables, no llegaríamos siquiera a movernos de donde el primer pensamiento nos hubiera hecho detenernos. Los buenos y los malos resultados de nuestros dichos y obras se van distribuyendo, se supone que de forma bastante equilibrada y uniforme, por todos los días del futuro, incluyendo aquellos, infinitos, en los que ya no estaremos aquí para poder comprobarlo, para congratularnos o para pedir perdón, hay quien dice que eso es la inmortalidad de la que tanto se habla.

—Saramago, J. (1995). Ensayo sobre la ceguera. (Trad. B. Losada). Bogotá: Punto de Lectura.

28 de octubre de 2012

Sueños

Ese día comprendí que algunos sueños, por más factibles que sean, es mejor no realizarlos. Simplemente, porque el inmenso placer que producen está en medio de innumerables experiencias dolorosas que, soportadas durante mucho tiempo, no permitirán el goce absoluto de esa felicidad que se veía tan tangible.

7 de octubre de 2012

Modernidad

Y empezó a escribir: «La tragedia moderna es el intento vano de la adaptación del hombre al estado de cosas que él creo».

(...)

«La imaginación es la base del hombre —de nuevo Juana— hasta el punto de que todo lo que él ha construido encuentra su justificación en la belleza de la creación y en su utilidad, no en ser el resultado de un plan de fines adecuados a las necesidades. Por eso vemos multiplicarse los remedios destinados a unir el hombre a las ideas e instituciones existentes —la educación, por ejemplo, tan difícil— y lo vemos continuar siempre fuera del mundo que construyó. (...) Porque todo sigue el camino de la inspiración. El determinismo no es un determinismo de fines, sino un estrecho determinismo de causas. (...) En realidad, el pragmatismo —el plan orientado hacia un determinado fin real— sería la comprensión, la estabilidad, la felicidad, la mayor victoria de adaptación que el hombre podría conseguir. Mientras tanto hacer las cosas "para qué" me parece, ante la realidad, una perfección imposible de exigir del hombre. El inicio de toda su construcción es el "por qué". La curiosidad, el devaneo, la imaginación – he aquí lo que formó el mundo moderno. Siguiendo su inspiración, mezcló ingredientes y creó combinaciones. Su tragedia: tener que alimentarse de ellas. Confía en que puede imaginar una vida y encontrarse en otra, aparte».

—Lispector, C. (1944). Cerca del corazón salvaje (Trad. B. Losada). Madrid: Siruela.

21 de septiembre de 2012

Construcciones

—¿Cuál es el color que menos te gusta? —me preguntó.

Caminábamos de regreso a la oficina. Sólo era un poco más de la una de la tarde y ya me habían pasado tantas cosas que podría escribir un libro.

—No sé...

Nos habían presentado unas cuatro horas antes. "¿Natalia? Como mi psicóloga...". Y sí que era una coincidencia porque él se llamaba como mi exnovio. O bueno, la única coincidencia es que mi exnovio y yo tenemos nombres muy comunes. Empezamos a trabajar, había muchas cosas por hacer. Cerca del medio día descubrí que necesitaríamos más tiempo para terminar. Cuando le comenté, me respondió que no había problema y que incluso podríamos ir a almorzar juntos. Acepté.

—¿Cómo no sabes? Uno siempre tiene un color que le gusta mucho y otro que no le gusta nada.

Cuando uno trabaja en medio de la nada, todo queda lejos. Caminamos muchísimo, me sorprendió con un sitio muy casual, pero donde la especialidad era mi comida favorita. Y ahí supe todo de su vida.

—No sé. Depende.

Sí que me llevaba toda una vida de ventaja. Supe de dónde venía, para dónde iba y cómo había llegado a donde estaba. Supe los qué, los cuándo, los porqué. Y también los quiénes. Uno no es consciente de que cuando conoce a alguien está en realidad conociendo los restos que dejaron los demás, los que estuvieron antes que nosotros. Pero es peor cuando además de los restos, te encuentras con los intentos no exitosos de reconstrucciones.

—Pero debe existir uno que no te guste más que los otros.

Cuando íbamos de vuelta a la oficina, indagó mucho sobre mi vida. Y no recibió respuestas contundentes, por supuesto. No puedo evitar sentirme vulnerable cuando alguien conoce demasiado de mí. Pero sí debo confesar que mencioné algunas cosas que me eran verdaderamente trascendentales en ese momento.

—Si tuviera que escoger, sería el amarillo.

Entonces, me asusté. Utilizó una expresión que sólo una vez en la vida sentí la necesidad de decírsela a alguien (y, a decir verdad, tardé bastante en comprender la magnitud de la misma). "Siento que nos conocemos desde hace mucho tiempo".

—¿Y por qué no te gusta?

¿Qué hace uno con tanta confianza? ¿Cómo puede alguien depositar todos sus miedos en tus manos, con la tranquilidad de que no los usarás en su contra? ¿Por qué alguien cree que eres la única persona que no entró a su vida para seguir demoliéndola?

—No sé, nunca me lo había preguntado.

No importa cuánto tiempo estará una persona en nuestras vidas: unos permanecen, otros desaparecen; pero todos vienen a deshacernos. Con un gesto, una palabra, una expresión o una serie de experiencias conjuntas. Nunca con la intención de acabarnos, por supuesto, porque se trata de una destrucción recíproca y simultánea: acabarnos para reconstruirnos.

—Debe existir una justificación razonable. Piénsalo.

Un argumento que desconozco pero que aún me cuestiono. Hay acciones simples, como una pregunta sobre los colores que menos te gustan, que pueden cambiar completamente tu comprensión del mundo. Nos vimos un par de veces después, pero nunca supe con certeza qué tanto intervine en su vida. Quiero creer que lo necesario. Sobra decir que, pese a que jamás se lo manifesté, marcó una diferencia en la mía.

Desde entonces, recuerdo esa parte de mi historia cada vez que veo algo de color amarillo. Y para mi fortuna, veo el sol a diario.

14 de agosto de 2012

Irrealidades

Estoy bajo distintos cielos
(púrpuras, agridulces, cremosos)
y exploro nuevas tierras.
Encuentro latitudes inciertas
e invado aquellas naciones
donde hasta la más mínima
anomalía imprevista
la he elaborado con cuidado,
al punto que convierto todo
en perfectísimas perfecciones.
Permanezco en parajes
donde no tendré necesidad
ni siquiera de medio insomnio
para sazonar la ansiedad,
y donde de forma anticipada
sé cuándo y cómo
experimentaré lo último.

Y de repente abro los ojos:
mi vida no ha cambiado.
Sigue amaneciendo por el este
y los insoportables segundos
son cada vez más eternos.
'Nosotros' no sabe a lo mismo
y ese enamorarte de mí
aún es una deuda no saldada.

Pero esta madrugada descubrí
que es mejor estar despierto,
atento a otras perspectivas;
no debemos ignorar irrealidades
que sí caben en esta existencia.
Siempre podríamos tropezar
con nuevos horizontes; digamos,
algunos horizontes verticales.

28 de julio de 2012

21 de julio de 2012

Religiones

Qué hará la iglesia si nunca más muere nadie, Nunca más es demasiado tiempo, incluso tratándose de la muerte, señor primer ministro, Creo que no me ha respondido, eminencia, Le devuelvo la pregunta, qué haría el estado si no muere nadie nunca más, El estado tratará de sobrevivir, aunque dudo mucho que lo consiga, pero la iglesia, La iglesia, señor primer ministro, está de tal manera habituada a las respuestas eternas que no puedo imaginarla dando otras, Aunque la realidad las contradiga, Desde el principio no hemos hecho otra cosa que contradecir la realidad, y aquí estamos, Qué dirá el papa, Si yo lo fuera, que dios me perdone la estulta vanidad de pensarme como tal, mandaría poner en circulación una nueva tesis, la de la muerte pospuesta, Sin más explicaciones, A la iglesia nunca se le ha pedido que explicara esto o aquello, nuestra especialidad, además de la balística, ha sido neutralizar por la fe el espíritu curioso.

—Saramago, J. (2006). Las intermitencias de la muerte (Trad. Pilar del Río). Bogotá: Punto de Lectura.

7 de julio de 2012

Concierto

CONCIERTO EN ODIO MAYOR SOSTENIDO

Ese día te maldije como nunca antes lo había hecho, y no sólo deseaba que te pudrieras en ese puto hoyo del que tanto te he hablado, sino que yo misma estaría dispuesta, con uñas y dientes, a cavarlo para ti.

28 de junio de 2012

Posibilidades

Prefiero el cine.
Prefiero los gatos.
Prefiero los robles a orillas del Warta.
Prefiero Dickens a Dostoievski.
Prefiero que me guste la gente
a amar a la humanidad.
Prefiero tener a la mano hilo y aguja.
Prefiero no afirmar
que la razón es la culpable de todo.
Prefiero las excepciones.
Prefiero salir antes.
Prefiero hablar de otra cosa con los médicos.
Prefiero las viejas ilustraciones a rayas.
Prefiero lo ridículo de escribir poemas
a lo ridículo de no escribirlos.
Prefiero en el amor los aniversarios no exactos
que se celebran todos los días.
Prefiero a los moralistas
que no me prometen nada.
Prefiero la bondad astuta que la demasiado crédula.
Prefiero la tierra vestida de civil.
Prefiero los países conquistados a los conquistadores.
Prefiero tener reservas.
Prefiero el infierno del caos al infierno del orden.
Prefiero los cuentos de Grimm a las primeras planas del periódico.
Prefiero las hojas sin flores a la flor sin hojas.
Prefiero los perros con la cola sin cortar.
Prefiero los ojos claros porque los tengo oscuros.
Prefiero los cajones.
Prefiero muchas cosas que aquí no he mencionado
a muchas otras tampoco mencionadas.
Prefiero el cero solo
al que hace cola en una cifra.
Prefiero el tiempo insectil al estelar.
Prefiero tocar madera.
Prefiero no preguntar cuánto me queda y cuándo.
Prefiero tomar en cuenta incluso la posibilidad
de que el ser tiene su razón.

—Szymborska, W. (2002) Posibilidades. Poesía no completa (Trad. G. Beltrán y A. Murcia). Buenos Aires: FCE.

21 de junio de 2012

Felicidad



«It was right then that I started thinking about Thomas Jefferson on the Declaration of Independence and the part about our right to life, liberty, and the pursuit of happiness. And I remember thinking how did he know to put the pursuit part in there? That maybe happiness is something that we can only pursue and maybe we can actually never have it. No matter what. How did he know that?»


THE PURSUIT OF HAPPYNESS
Gabriele Muccino
Columbia Pictures / Relativity Media
2006

7 de junio de 2012

Odios

¡Ah, pimentones rellenos! Cómo los odiaba. Y el día anterior, había tenido que comer costillas de cerdo en salsa de pimentón. Nunca le habían gustado los pimentones. De pequeña, su abuela la obligaba a comérselos. También sucedía así con las berenjenas, las remolachas, los rábanos y cualquier verdura. Sin embargo, siempre se comía todo aunque no le gustara.

Había sido criada en medio de una familia tradicionalista, de valores conservadores, donde todas las cosas debían hacerse de modos precisos. Y aunque su proyecto de vida —trazado cuidadosamente por su abuela desde que tenía apenas cinco años— no tenía pasos específicos, sí tenía un procedimiento, simple pero efectivo, una regla inquebrantable: reprimir y sonreír.

Pero las verduras no eran lo único que detestaba. Estaba completamente insatisfecha con su vida aparentemente perfecta. No le gustaba vestirse tan elegante, ni le gustaba maquillarse. No disfrutaba madrugar de lunes a sábado y detestaba hacer deporte los domingos. Ni hablar de su irritante profesión, tampoco de su desesperante trabajo. No le interesaba en lo más mínimo compartir tiempo con sus padres y menos con su orgullosa abuela. Se odiaba toda.

Y odiaba tener que interactuar con sus compañeros de trabajo.

—¿Puedo?

Tampoco soportaba la gente que se sentaba en su mesa, sin su permiso explícito.

—Marcela, ¿verdad? De contabilidad. ¿Cómo estás? Soy Karen, de diseño. Una vez pasaste por mi oficina, ¿recuerdas?
—No —respondió Marcela con la tranquilidad de quien sabe mentir y con la experticia de quien toda su vida misma es una gran mentira—. No recuerdo, es una empresa grande.

Karen era una mujer de unos veintisiete años, de figura estilizada, que parecía muy alta gracias a los tacones de nueve centímetros que siempre usaba. Y por supuesto, era el tipo de personaje que a Marcela no le gustaba. Quizás, de todos sus compañeros de trabajo, Karen era con la que menos le hubiera gustado almorzar. Durante todo el almuerzo, Karen sólo hablaba y hablaba mientras Marcela reprimía-sonreía y aparentaba disfrutar de sus pimentones rellenos y de su compañía. Una vez terminaron, volvieron a trabajar.

Pocas horas más tarde, Karen apareció en la oficina de Marcela.

—Hola.
—¿Sí?
—Nada, es que pasaba por aquí y me preguntaba... si te gustaría pasar esta noche por mi apartamento. Como es viernes, decidí hacer una reunión en mi casa con algunos compañeros, no muchos, como para compartir en otro espacio que no sea esta oficina. Sería un buen momento para socializar, ¿sabes? Además, disfruté mucho esta tarde contigo durante el almuerzo y, pues, se me ocurrió que podrías acompañarnos. ¿Qué te parece?

Marcela dudó sólo por una fracción de segundo. Después de todo, no se llega lejos si no es tragándose todo lo que se piensa y haciendo todo aunque no nos guste. Como comerse los pimentones rellenos.

—Sí, podría ser.

Esa noche, incómoda como nunca pero mostrándose segura como siempre, Marcela asistió a la reunión. En realidad, no eran más de diez personas incluyéndolas a ellas dos.

Quizás hablaron de cosas importantes. O quizás hablaron de cosas irrelevantes, quién sabe. Pero para poder soportar la aburrida tertulia de sus compañeros, Marcela debió tomar un par de tragos. En algún momento, Karen se acercó a su oído y le dijo:

—Acompáñame.

La tomó de la mano, subieron las escaleras y entraron al cuarto de la anfitriona. Karen cerró la puerta con candado mientras invitaba a Marcela a ponerse cómoda.

Estando bastante sobria a pesar de los tragos, Marcela no podía comprender qué sucedía. No porque realmente no entendiera qué estaba pasando, sino porque jamás imaginó estar en esa situación. Y es que Karen, su detestable compañera de oficina —y qué mala suerte que precisamente la que más odiaba de todos—, se le estaba insinuando. No podía ser más irreal, ni podía ser más insoportable. Pero con cada prenda que veía caer al suelo, Marcela se comprobaba a sí misma más despierta, más consciente. Cuando la vio desnuda y prácticamente encima de ella, ya no cabía ninguna duda: Karen intentaba seducirla.

"¿Y por qué no?", pensó Marcela resignada, "después de todo, siempre termino comiéndome lo que no me gusta".

Sonrió.

Nunca su abuela podría haber estado más orgullosa.

21 de mayo de 2012

Colisión

Nuestros caminos no fueron dos vías que se encontraron para permanecer unidas hacia un destino común; en realidad, nuestros caminos colapsaron, impidiéndonos avanzar juntos y, al mismo tiempo, haciéndonos imposible continuar por nuestra cuenta.

7 de mayo de 2012

Memoria

... ni el diablo sabe qué es lo que ha de recordar la gente, ni por qué. En realidad, siempre he pensado que no hay memoria colectiva, lo que quizá sea una forma de defensa de la especie humana. La frase «todo tiempo pasado fue mejor» no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que —felizmenteㅡ la gente las echa al olvido. Desde luego, semejante frase no tiene validez universal; yo, por ejemplo, me caracterizo por recordar preferentemente los hechos malos y, así, casi podría decir que «todo tiempo pasado fue peor», si no fuera porque el presente me parece tan horrible como el pasado; recuerdo tantas calamidades, tantos rostros cínicos y crueles, tantas malas acciones, que la memoria es para mí como la temerosa luz que alumbra un sórdido museo de la vergüenza. [...]

Que el mundo es horrible, es una verdad que no necesita demostración.

—Sabato, E. (1948). El túnel. Barcelona: Seix Barral.