7 de octubre de 2013

Desengaño

La conocí un día cualquiera. Un maldito día cualquiera. Sus actitudes me resultaban molestas y las cosas se tornaron difíciles desde ese primer día, pero, por razones que ya no importan, teníamos que interactuar demasiado. Por ese motivo, intenté restringirme a un trato amable, el mínimamente necesario para que no obstaculizara mi trabajo, sin embargo, me encontraba frente a uno de esos personajes que son ávidos de afecto, que viven de su interacción con otros. Y debo agregar que yo nunca he sido lo suficientemente asertiva como para decirle a alguien que se muera, sin que me mande a comer mierda. Yo sólo asentía y seguía mirando hacia cualquier punto indefinido, tratando de entrar en un trance que me desviara a meditaciones más interesantes conmigo misma.

Con el paso del tiempo y debido a su insistencia, me vi obligada a responder con algo más que monosílabos e interjecciones, por lo que tuve que empezar a escucharla con más atención. Sus historias siempre resultaban poco creíbles y visiblemente sesgadas. Concluía forzándome a darle un consejo, a lo que yo respondía diciéndole cualquier cosa que pareciera tener alguna coherencia semántica.

La situación se fue volviendo rutinaria. Después de conversar sobre asuntos de trabajo, procedía a contarme sus problemas —siempre los mismos: quejas inventadas que más parecían desesperados intentados por demostrarme que su vida era perfecta—; sin embargo, mis no muy elaboradas opiniones sobre sus preocupaciones imaginarias resultaban ignoradas con frecuencia. Sólo le gustaba oírse a sí misma y necesitaba de alguien más para reafirmarse en su propia vida.

De esa manera, mi actitud y mis sentimientos hacia ella fueron cambiando; empecé a sentir que todo cuanto tenía era producto de mis esfuerzos y no de los suyos. Además, estaba invadiendo mis círculos sociales —'apropiándose de' sería una expresión más adecuada—. Su vida era una composición en donde cada pieza era perfecta, pero eso era algo que no le pertenecía: era algo que sólo yo merecía, que sólo yo sabría valorar. Y así, pensar en esa mujer se convirtió en un acto del más puro masoquismo.

Para ser consecuente con mis pensamientos, empecé a alejarme. Le demostraba que sus comentarios me eran indiferentes, que no me interesaba para nada saber de su vida y, por si fuera poco, mis conversaciones incluían palabras sarcásticas, a veces ofensivas. Pero cuanto más trataba de distanciarme, más y más se acercaba a mí; me estaba asfixiando. La veía seis de los siete días de la semana, entre siete y nueve horas a diario. Las circunstancias eran insoportables. Comprendí que más profundo que cualquier sentimiento es el desprecio que se aloja en lo más oscuro de tus vísceras. La detestaba, la odiaba más a cada segundo que la veía.

Un día descubrí la causa del problema: me consideraba su mejor amiga. Su única y mejor amiga. Desde entonces veo todo desde otra perspectiva: siempre me ha necesitado; ambas sabemos que soy su único apoyo. Sé que si un día decido irme, quedará destruida y nadie estará para ayudarla porque esa persona que siempre ha estado a su lado soy yo. Siento lástima de pensar en cómo será ese momento, pero debió preverlo; a mí, por ejemplo, eso nunca me pasaría porque si hay algo de lo que siempre me aseguro es de no actuar como ella: jamás me permitiría rodearme de personas como yo.

14 de septiembre de 2013

Recuerdos

La cronología de la infancia no está hecha de líneas sino de sobresaltos. La memoria es un espejo opaco y vuelto añicos, o, mejor dicho, está hecha de intemporales conchas de recuerdos desperdigadas sobre una playa de olvidos. Sé que pasaron muchas cosas durante aquellos años, pero intentar recordarlas es tan desesperante como intentar recordar un sueño, un sueño que nos ha dejado una sensación, pero ninguna imagen, una historia sin historia, vacía, de la que queda solamente un vago estado de ánimo.

—Abad Faciolince, H. (2006). El olvido que seremos. Bogotá: Planeta.

7 de enero de 2013

Consecuencias

... pero también es cierto, si eso le sirve de consuelo, que si antes de cada acción pudiésemos prever todas sus consecuencias, nos pusiésemos a pensar en ellas seriamente, primero en las consecuencias inmediatas, después, las probables, más tarde las posibles, luego la imaginables, no llegaríamos siquiera a movernos de donde el primer pensamiento nos hubiera hecho detenernos. Los buenos y los malos resultados de nuestros dichos y obras se van distribuyendo, se supone que de forma bastante equilibrada y uniforme, por todos los días del futuro, incluyendo aquellos, infinitos, en los que ya no estaremos aquí para poder comprobarlo, para congratularnos o para pedir perdón, hay quien dice que eso es la inmortalidad de la que tanto se habla.

—Saramago, J. (1995). Ensayo sobre la ceguera. (Trad. B. Losada). Bogotá: Punto de Lectura.

28 de octubre de 2012

Sueños

Ese día comprendí que algunos sueños, por más factibles que sean, es mejor no realizarlos. Simplemente, porque el inmenso placer que producen está en medio de innumerables experiencias dolorosas que, soportadas durante mucho tiempo, no permitirán el goce absoluto de esa felicidad que se veía tan tangible.

7 de octubre de 2012

Modernidad

Y empezó a escribir: «La tragedia moderna es el intento vano de la adaptación del hombre al estado de cosas que él creo».

(...)

«La imaginación es la base del hombre —de nuevo Juana— hasta el punto de que todo lo que él ha construido encuentra su justificación en la belleza de la creación y en su utilidad, no en ser el resultado de un plan de fines adecuados a las necesidades. Por eso vemos multiplicarse los remedios destinados a unir el hombre a las ideas e instituciones existentes —la educación, por ejemplo, tan difícil— y lo vemos continuar siempre fuera del mundo que construyó. (...) Porque todo sigue el camino de la inspiración. El determinismo no es un determinismo de fines, sino un estrecho determinismo de causas. (...) En realidad, el pragmatismo —el plan orientado hacia un determinado fin real— sería la comprensión, la estabilidad, la felicidad, la mayor victoria de adaptación que el hombre podría conseguir. Mientras tanto hacer las cosas "para qué" me parece, ante la realidad, una perfección imposible de exigir del hombre. El inicio de toda su construcción es el "por qué". La curiosidad, el devaneo, la imaginación – he aquí lo que formó el mundo moderno. Siguiendo su inspiración, mezcló ingredientes y creó combinaciones. Su tragedia: tener que alimentarse de ellas. Confía en que puede imaginar una vida y encontrarse en otra, aparte».

—Lispector, C. (1944). Cerca del corazón salvaje (Trad. B. Losada). Madrid: Siruela.

21 de septiembre de 2012

Construcciones

—¿Cuál es el color que menos te gusta? —me preguntó.

Caminábamos de regreso a la oficina. Sólo era un poco más de la una de la tarde y ya me habían pasado tantas cosas que podría escribir un libro.

—No sé...

Nos habían presentado unas cuatro horas antes. "¿Natalia? Como mi psicóloga...". Y sí que era una coincidencia porque él se llamaba como mi exnovio. O bueno, la única coincidencia es que mi exnovio y yo tenemos nombres muy comunes. Empezamos a trabajar, había muchas cosas por hacer. Cerca del medio día descubrí que necesitaríamos más tiempo para terminar. Cuando le comenté, me respondió que no había problema y que incluso podríamos ir a almorzar juntos. Acepté.

—¿Cómo no sabes? Uno siempre tiene un color que le gusta mucho y otro que no le gusta nada.

Cuando uno trabaja en medio de la nada, todo queda lejos. Caminamos muchísimo, me sorprendió con un sitio muy casual, pero donde la especialidad era mi comida favorita. Y ahí supe todo de su vida.

—No sé. Depende.

Sí que me llevaba toda una vida de ventaja. Supe de dónde venía, para dónde iba y cómo había llegado a donde estaba. Supe los qué, los cuándo, los porqué. Y también los quiénes. Uno no es consciente de que cuando conoce a alguien está en realidad conociendo los restos que dejaron los demás, los que estuvieron antes que nosotros. Pero es peor cuando además de los restos, te encuentras con los intentos no exitosos de reconstrucciones.

—Pero debe existir uno que no te guste más que los otros.

Cuando íbamos de vuelta a la oficina, indagó mucho sobre mi vida. Y no recibió respuestas contundentes, por supuesto. No puedo evitar sentirme vulnerable cuando alguien conoce demasiado de mí. Pero sí debo confesar que mencioné algunas cosas que me eran verdaderamente trascendentales en ese momento.

—Si tuviera que escoger, sería el amarillo.

Entonces, me asusté. Utilizó una expresión que sólo una vez en la vida sentí la necesidad de decírsela a alguien (y, a decir verdad, tardé bastante en comprender la magnitud de la misma). "Siento que nos conocemos desde hace mucho tiempo".

—¿Y por qué no te gusta?

¿Qué hace uno con tanta confianza? ¿Cómo puede alguien depositar todos sus miedos en tus manos, con la tranquilidad de que no los usarás en su contra? ¿Por qué alguien cree que eres la única persona que no entró a su vida para seguir demoliéndola?

—No sé, nunca me lo había preguntado.

No importa cuánto tiempo estará una persona en nuestras vidas: unos permanecen, otros desaparecen; pero todos vienen a deshacernos. Con un gesto, una palabra, una expresión o una serie de experiencias conjuntas. Nunca con la intención de acabarnos, por supuesto, porque se trata de una destrucción recíproca y simultánea: acabarnos para reconstruirnos.

—Debe existir una justificación razonable. Piénsalo.

Un argumento que desconozco pero que aún me cuestiono. Hay acciones simples, como una pregunta sobre los colores que menos te gustan, que pueden cambiar completamente tu comprensión del mundo. Nos vimos un par de veces después, pero nunca supe con certeza qué tanto intervine en su vida. Quiero creer que lo necesario. Sobra decir que, pese a que jamás se lo manifesté, marcó una diferencia en la mía.

Desde entonces, recuerdo esa parte de mi historia cada vez que veo algo de color amarillo. Y para mi fortuna, veo el sol a diario.

14 de agosto de 2012

Irrealidades

Estoy bajo distintos cielos
(púrpuras, agridulces, cremosos)
y exploro nuevas tierras.
Encuentro latitudes inciertas
e invado aquellas naciones
donde hasta la más mínima
anomalía imprevista
la he elaborado con cuidado,
al punto que convierto todo
en perfectísimas perfecciones.
Permanezco en parajes
donde no tendré necesidad
ni siquiera de medio insomnio
para sazonar la ansiedad,
y donde de forma anticipada
sé cuándo y cómo
experimentaré lo último.

Y de repente abro los ojos:
mi vida no ha cambiado.
Sigue amaneciendo por el este
y los insoportables segundos
son cada vez más eternos.
'Nosotros' no sabe a lo mismo
y ese enamorarte de mí
aún es una deuda no saldada.

Pero esta madrugada descubrí
que es mejor estar despierto,
atento a otras perspectivas;
no debemos ignorar irrealidades
que sí caben en esta existencia.
Siempre podríamos tropezar
con nuevos horizontes; digamos,
algunos horizontes verticales.